Juan J. Prieto L.*

En Arcadia no hay mar, solo una playa a muchos kilómetros de distancia, y allí no hay botes ni alcatraces que alboroten esa atmósfera de fiel apego a la tranquilidad. Alguna vez construyeron un rompeolas que más bien parece el espinazo de un pez que poco a poco se va secando en la orilla infestada de soledad con atuendo de limo fresco y verde tierno que lo cubre.
Arcadia a veces amanece con un olor fuerte a algas arrancadas de sus cimientos por los oleajes profundos y mueren en la orilla donde en complicidad con la madrugada los guamos y cangrejos festejan la abundancia. En Arcadia no se ve morir a nadie, solo que un día cualquiera, que sepa que ha llegado su fin, se despide de los suyos y se va, a cualquier hora, y no se le vuelve a ver jamás. Allí no hay un cementerio porque no entienden eso de morirse. Pero a dónde reciben sepultura entonces, sería la pregunta obligada. Hay quienes aseguran que se van al mar y se sumergen lentamente hasta ser tragados por la inocencia de las aguas, y nadie los ve en su peregrinar hacia su última morada.
“¡Arcadia!, Arcadia”, alzó su voz un poeta, “es mejor así, que no existas porque tendremos libertad para soñar que hay un lugar donde inventar realidades, ¡Arcadia! Arcadia”.
*Periodista

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