Manuel Avila

En 1966 se alborotó el pueblo de Los Robles cuando llegaron las cuadrillas de la Gobernación en el Gobierno del profesor Julio Villarroel y que según estudios de sus técnicos en la Redoma que está frente a la Iglesia “Virgen del Pilar” había que construir una Fuente Luminosa llamada “La Madre Perla” que es una mujer desnuda dentro de una concha de perla con luces y aguas en chorros para darle vida arquitectónica a la Plaza de Los Robles.
Sorprendió a los robleros la construcción de esa obra arquitectónica a la cual muchos le han dado distinta paternidad. Unos dijeron en el tiempo que era obra de un grupo de estudiantes de la Escuela de Artes Plásticas “Pedro Ángel González” de La Asunción y otro se la atribuían a un escultor principiante de La Otra Banda de La Asunción. Así se mantuvieron ene l tiempo las especulaciones y el lanzamiento al aire de planteamientos fuera de lugar que permitieran ubicar la identidad de “La Madre Perla”, pues en cuanto al nombre cada quien le puso el nombre que se le antojase por falta de información.
Unos la llamaron “La mujer perla”, otro la sirena desnuda, los más osados “la concha” y cualquier nombre que se le ocurría para el momento de la pregunta que hiciera cualquier estudiante enviado por sus maestros a investigar el origen de la obra.
En primer lugar era necesario ubicar el período de gobierno en que se construyó y fue en 1966 en el gobierno del profesor y director coral el asuntino Julio Villarroel cuando se realizó la escultura. En segundo lugar quién fue el artista que diseñó la obra y en tercer lugar quienes participaron en la realización de esa creación artística.
Esa obra fue realizada por el escultor asuntino José Marcano un egresado de la Escuela Cristóbal Rojas de Caracas que es el fundador del Taller de Escultura de la Escuela de Artes Plásticas “Pedro Ángel González”. Por esa razón trabajadores de la Gobernación del Estado y alumnos de la Escuela de Artes participaron en la construcción de la obra llamada “Fuente Madre Perla” que es el nombre original colocado por su creador.
Esa escultura de trascendencia cobra importancia en el casco histórico de Los Robles y no se le ha prestado la atención que merece una creación de tanta profundidad histórica y artística porque simboliza las sirenas de la mitología y le da un carácter icónico a la madre perla como uno de los frutos más emblemáticos de la gastronomía margariteña.
Con la crisis del agua se acabó la fuente luminosa porque más nunca salió agua de sus tuberías, las luces encienden y le dan un toque de originalidad a la creación que adorna los espacios alrededor de la iglesia y un espacio de visita obligada por los pilarenses cada vez que hay fiestas patronales o actividades mortuorias. Ese espacio ha sido en el tiempo un lugar para las conversaciones de visitantes y residentes y en los últimos tiempos los mismos ciudadanos que deben velar por la preservación de la obra la han convertido en un lugar para depositar la basura. Esa falta de ciudadanía obliga a hacer un llamado de atención en el tiempo para que los mismos habitantes del pueblo se ocupen de aleccionar a los más jóvenes, a los consumidores de aguardiente, a los trasnochados personajes de la vida roblera y a quienes buscan protagonismo político y nada aportan para la preservación de una obra que tanta historia tiene en este pueblo.
La conciencia colectiva, la enseñanza de valores arquitectónicos, culturales e históricos deben entrar en juego para amalgamar ese proceso de enseñanzas que debe recibir la ciudadanía para hacer una patria grandiosa. Ahí está “La Madre Perla” con la esperanza de su preservación en el tiempo porque esa obra del escultor José Marcano tiene representación arquitectónica y se une a la otra creación del escultor asuntino que es el busto de la Maestra “Luisa Rosas de Velásquez” que está ubicado en la plaza del mismo nombre en honor a la insigne docente pilarense.
Hay que conocer la historia de nuestras raíces y evitar que la desmemorización, la confusión histórica y los inventos de depredadores de la historia terminen de sumir en la oscuridad a un pueblo con valores dimensionales en lo que se refiere a su paso por la vida. Y es por eso es necesario evitar que maestros de distinta naturaleza sigan sumando errores a la verdadera historia de los pueblos insulares, pues cuando mandan investigaciones los trabajos van curtidos de fechas inexactas, desconocimiento de la realidad histórica y se van acuñando errores en el tiempo que hacen prevalecer elementos de la inventiva oral de lo que se le ocurre a cada protagonista en cada momento histórico.
Aquí se trata de la grandeza de los ciudadanos y no de iniciar episodios bélicos intrascendente cada vez que alguien intenta dar paso gigantes para resolver algunos planteamientos vinculados a la historia, la cultura, el deporte, la gastronomía, la política, las tradiciones, la religión, el urbanismo, la historia, la sociología, la tradición oral y las tantas variantes de la formación del hombre que deben ser manejadas con precisión tanto por la escuela como por las comunidades para formar definitivamente una conciencia colectiva rica en conocimiento y con trascendencia en las ideas y la forma de pensar.
Eso nos lleva a cultivar la Robleridad desde el plano de las ideas gigantes que permitan a las nuevas generaciones valorar el lar donde se cultivan los ciudadanos para construir una verdadera conciencia colectiva alejada de la envidia, la hipocresía y la torpeza como antivalores de una sociedad floreciente.
No estamos en tiempos de generar fantasías y de apelar a los abusos de poder para hacer reinar a desconocidos que ignaros de nuestra historia y de nuestra cultura hacen pactos con elementos metalizados para convertir nuestra cultura en una desmemorización de nuestra identidad y es por eso que la metalización de nuestros valores hizo transformar la realidad histórica y cultural en personajes que imitando a humoristas se convierten en la esencia cantinflérica de nuestra realidad.

 

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