Ana Luisa Gandica Silva

MUJERES TRASCENDENTALES EN LA HISTORIA DE LAS ISLAS DE

LA COSTA DE LAS PERLAS

 

LOS  ROSTROS OCULTOS DE LAS MUJERES INSULARES

Disponible: https://www.google.com

En este particular, nuevamente se resalta la forma como las “Mujeres Margariteñas de La Gesta Independentista” fueron minimizadas o conglomeradas como “las mujeres” sin identidad, sin rostro, salvo por mínimas excepciones y, en el más deplorable de los casos, anónimas. En ese sentido, es pertinente referir lo expuesto por Simone de Beauvoir (1976) en su emblemática obra El Segundo SexoLe Deuxième Sexe-, cuando indica: “No es la inferioridad de las mujeres lo que ha determinado su insignificancia histórica; es su insignificancia histórica lo que las ha condenado a la inferioridad.[1]

El escenario de esas presentaciones fue esta Región Insular conformada por Cubagua, Margarita y Coche ocupadas por los Guaiquerí, avistadas por el Almirante Cristóbal Colón el 15 de agosto de 1498, en su tercera expedición cuando descubrió un Nuevo Mundo, quien las dispuso a favor de sus benefactores los “Reyes Católicos,” Isabel I de Castilla y Fernando II de Aragón, conllevando ese hallazgo a su Colonización por parte de esa Monarquía a partir de 1500, cuando los interesados en explotar las riquezas de ese entorno marino, se desplazaron hacia esas tierras, instalándose inicialmente de manera precaria en la isla Cubagua con la ayuda de sus naturales, la étnica Guaiquerí, cuyos colonos una vez afianzado con su poder bélico, pretendieron esclavizarlos sin ningún tipo de consideración en las extracciones de esos bancos perleros. Situación fallida por la pronta intervención de los misioneros católicos quienes para detener esas barbaries acudieron ante la Reina Isabel I de Castilla, que los declaro “vasallos no sujetos a la esclavitud” y que, para solventar esa situación, permitió el ingreso del esclavo africano, para laborar en esos yacimientos, cuyo enriquecimiento beneficiaba a ese Imperio y a sus explotadores conocidos como “Señores de Canoa.”

En el consiguiente Periodo Colonial se interrelacionaron en esos espacios tres componentes, indo-íbero-afro, generándose un interesante corolario de diversos matices étnicos conformado por el autóctono Guaiquerí, el colono Europeo y el negro Africano, cuyas genealogía fue distinguida así: Los descendientes del privilegiado español insular de sangre pura eran llamados “blancos criollos”; la prole de mixtura de blanco con aborigen eran catalogados como “amestizados”; los hijos del blanco y el negro estaban definidos como “mulatos” o como  “zambos” cuando esa mezcla era de negros con indios, y el singular fenotipo de los “pardos”, producto de la consanguineidad de europeo, indígena y africano, que no eran ni blancos, ni mestizos, ni mulatos. Produciéndose una confluencia de vínculos pluriculturales con una constelación étnica y plurilingüe con características singulares de inclusión, exclusión, sintetizada como indo-íbero-afro, que generó una identidad singular, marcada mayormente por la hegemonía de un colonizador dominante, con la influencia irreversiblemente del acervo ancestral del autóctono aborigen y del esclavo africano.

Y en el devenir de ese extenso periodo de colonialismo, ese nuevo estamento de actores nacidos en un espacio común, de las otras Provincias de la Capitanía General Venezuela, tomaron conciencia de su identidad, “la criolla”, que reclamaba el derecho a dirigir sus propios destinos, generándose un espíritu de emancipación del extranjero que los subordinaba de manera arrogante y, quienes aprovechando el  vacío de poder ocasionado por la abdicación de los monarcas españoles, Carlos IV y Fernando VII a favor del Emperador francés Napoleón Bonaparte -1808- en un acto de soberanía impulsaron los acontecimientos del 19 de abril de 1810 y sus consiguientes desenlaces cuando el 5 de julio de 1811, esos “criollos” tomaron las riendas de sus providencias bajo los parámetros de la novedosa doctrina republicana del siglo XIX sustentada en la Constitución Nacional aprobada el 21 de diciembre de 1811, que instauró la República de Venezuela, libre, soberana e independiente de cualquier dominio foráneo, cuyos pormenores fueron narrados en reseñas anteriores.

 

En el “Imaginario” del criollo de la etapa de la Republica estaba muy arraigado su herencia hispana sobre su supremacía masculina ejercida en el estricto orden del patriarcado. Ellos no estuvieron a la altura de los nuevos procesos, donde se estableció un equilibrio sobre la definición del “genero” -mujer-hombre-. Inés Quintero (2003) lo plantea en su ensayo “De la política contingente a la política militante” cuando al referirse a “Las heroínas de la guerra” contenido en la “Historia Mínima de Venezuela”, lo expone así: “Ninguna de las proclamas de los precursores ni los documentos de la Independencia contemplaban que las mujeres participasen de manera activa y protagónica en la fundación de la República.- Sin embargo, la magnitud del conflicto y la polarización de la sociedad fueron tales que no hubo manera de que las mujeres se mantuviesen al margen de la contienda.”[2]

 

En efecto, las mujeres insulares venciendo las dificultades de las épocas abordadas, mientras el padre, el hermano, el  esposo o sus compañeros vida, se dedicaban a la pesca o al arriesgado comercio del contrabando o compelidos en la lucha armada por la independencia de su terruño del dominio invasor, ellas se vieron obligadas a deslastrarse del patriarcado opresor y tomar las riendas de las disposiciones familiares, ingeniándose para producir los recursos suficientes tanto para el mantenimiento doméstico como para ayudar a la causa emancipadora. En consecuencia, la necesidad de su superar esas situaciones las obligó a utilizar su ingenio, ponderar los productos de su quehacer diario y comercializarlos en los mercados locales y en otras vecindades, transitando por vericuetos y tortuosos caminos y áridos andares, a los fines de cumplir la responsabilidad asumida.

Y adicionalmente, cuando las circunstancias las reclamaron en la logística emancipadora con la templanza de un carácter indómito la mujer margariteña, con audacia, sirvieron de mensajeras, espías, anfitrionas, colaboradoras entre otras actividades requeridas y, sin distingo de condición social, económica o étnica arriesgaron sus vidas; algunas fueron ultrajadas; otras humilladas, martirizadas, encarceladas y/o exiliadas, en fin, sufrieron el carrusel de las atrocidades de la vileza realista. Otras, se incorporaron al batallar prestando sus servicios en esa logística y cuando fue necesario tomaron las armas en primera fila afrontando el fuego de la metralla invasora. Adalides acorazadas por el deber a  su Patria, quedando subestimada en los anales de nuestra  patria. Y en el transcurso de esas páginas históricas quedaron presentadas como “Rostros Ocultos” en la extensa narrativa de escritores regionales y  nacionales.

En ese sentido Francisco Javier Fornell Fernández (2012) en su versión “Heroínas incómodas. La mujer en la independencia de Hispanoamérica,  refiere esas omisiones femeninas: “como si de una historia de hombres para hombres se tratase. Y continuando con ese contexto, cuando esa presencia era imposible de opacar, las colocaron a la sombra de nuestros proceres. Por lo tanto en el tiempo esas hazañas se fueron perdiendo hasta ser enviadas al abismos de la omisión:  “Y, con el anonimato, vino el olvido. Una falta de reconocimiento que Heroínas incómodas desean enmendar -y que, a su manera, enmienda- para todas esas mujeres que estuvieron presentes en el mayor proceso independentista de la historia: el de todo un continente.”[3]

Situaciones observadas en varias obras, entre otras  en el libro Matasiete y La Libertad de José Joaquín Salazar Franco -Cheguaco- (1972) cuando al individualizar las figuras masculinas que le entregaron su vida a la Patria en contraposición no se menciona ninguna presencia femenina. Y cuando en la importancia de la acción no pudieron ser omitidas, sin identidad, se les agrupó en el sólo perfil  de “mujeres” pero opacadas tras la sombra de renombrados héroes. Observado así:  “…sin embargo, no hubo miedo, no hubo temor, mucho menos cobardía, y sí, sobrada estrategia y disposición de actuar por parte de los nuestros, valientes oficiales como Celedonio Tubores y Nemesio Malaver, morían al comienzo de las acciones bañados por la sangre de la gloría, otros, como Luís Gómez, se agigantaban en el sacrificio tratando de detener al invasor con su propio cuerpo hasta caer mortalmente herido cerca de Porlamar, nuevos cuadros ocupaban sus puestos y la lucha seguía enardecida disputándose palmo a palmo el pedazo de suelo amado; los hijos ocupaban de inmediato los puestos dejados por los padres o los abuelos caídos en combate, entre tanto hacían las mujeres con los de sus maridos, hijos o hermanos….[4]

Y en ese mismo sentido ese mismo autor en esa renombrada obra sobre la transcendental Batalla de Matasiete, reconoce la participación de nuestras heroínas como “Mujeres Amazonas” con la mengua de estar colocadas al destello del hombre-patriota. Narrado así: “El valor multiplicábase de parte de los nuestros y veíanse Oficiales de alto rango actuando como simples soldados, allí estaban al lado del Leónidas de América General Francisco Esteban Gómez: Policarpo de Mata, quién no tenía empacho en correr por los riscos y quebradas con una caja de pertrechos en sus espaldas, y Joaquín Maneiro, Pablo Ruíz, Rafael Picado, Cova, Pancho Antolín, Figueroa, Villalba, Sarmiento, Espinoza y allá en la cumbre del Portachuelo del Norte o Tacarigua, Victorino Guzmán, inmortalizando su grito rebelde de «ni uno más pa bajo ca…rajos», y muchos más oficiales valerosos, y hembras resueltas y decididas, que mas tarde emularía el patriota Gaspar Marcano al de ellas decir: «Mujeres Amazonas de estos días – Cargando los heridos en hamacas, – Aquí y allí llevando las veía, Alimentando a la persona flaca; – Y en esta confusión gritar olas: – ‘Si el enemigo vence y nos ataca, – Tomaremos fusil, espada y lanza – De vencer o morir con la esperanza.”[5]

Sobre el anonimato y el desequilibrio de la mujer insular en nuestra narrativa épica, también es evidenciado en el libro Matasiete Montaña de la Gloria de Jesús Manuel Subero (1997) así:   “La muerte por la patria se tomaba con espartano ejemplo. Hombres, mujeres y niños ofrendaban su sangre sin inmutarse. Se había reprimido el sentimiento. Había insensibilidad ante el dolor. La patria lo merecía todo. Lo pedía todo. Se le brindaba todo.  Cada quien quería extraer de su brazo el esfuerzo mayor, rendir más, sin pensar en más.[6]  Y, ese mismo escritor resaltando la heroicidad de esas mujeres las distingue bajo la figura global de “Amazonas” sin rostro  a la zaga de las figuras de grandes proceres, verificado así:  “Al lado de Francisco Esteban Gómez encontramos a Joaquín Maneiro, Pablo Ruiz, Policarpo de Mata, Rafael Picaso, Juan Bautista Cova, Pancho Antolín, Sarmiento, Figueroa, Villalba, Espinosa, tantos otros más y hasta “Mujeres Amazonas de estos días cargando los heridos en hamaca,/ Aquí y allí llorando las veías,/ Alimentando la persona flaca;/ Y en esta confusión de gritos oías:/ “Si el enemigo viene     y nos ataca,/ Tomaremos fusil, espada y lanza/ De vencer o morir con la esperanza.[7]

Así mismo, en los anales de la Patria Chica presentados por Francisco Javier Yanes (1948), en el libro Historia de Margarita elogia a una serie de héroes insulares comparándolos con los gladiadores de Grecia y Roma, indicando merecidamente: “…que con  su valor y constancia libertaron la patria, sacrificando sus vidas y propiedades, y sosteniendo una guerra de exterminio contra un enemigo feroz y brutal, sin más sueldo, ración ni recompensa que la dulce satisfacción de haber cumplido con el deber sagrado de libertar su patria de los tiranos.” [8] Y en cuya  lista de esas proezas se omite emparejar a las mujeres que formaron parte de esas gloriosas memorias, limitándose a distinguirlas genéricamente, así: “Si la antigua Esparta se creía invencible por el entusiasmo de sus mujeres, las cuales animaban a sus esposos e hijos para que peleasen con valor, recibiendo con alegría la noticia de su muerte cuando habían seguido sus consejos”. Margarita, la Nueva Esparta, puede gloriarse de que sus hijas han hecho esto mismo y tal vez más. En efecto, todas las margariteñas han concurrido personalmente a la guerra contribuyendo para su sostén con todas sus galas, adornos y preseas; se han ocupado en el servicio del ejército conduciendo los pertrechos, cargando en hamaca los heridos, curándolos en los hospitales con los medicamentos que ellas mismas proporcionaban, haciendo la comida y cargando el agua para la tropa y, lo que es más, arrojando enormes piedras cuando los enemigos atacaba los puntos en que se hallaban, recibiendo siempre con una especie de alegría la nueva de sus maridos, padres, hijos y deudos quienes habían expirado en defensa de la patria.[9]

 

Omisión en femenino también presentada por el escritor positivista Eduardo Blanco (1981) en su epopeya Venezuela Heroica, exaltándola en forma general como “las margariteñas” patrióticas, dentro del contexto de: “Pobres y ricos, acuden presurosos al reclamo de la Patria; las margariteñas, no menos generosas, se arrancan del cuello sus collares de perlas, y los entregan a Arismendi, junto con todas las joyas que poseen, para ser cambiadas por pólvora y fusiles.-  Nobles mujeres: a ellas les cupo no escasa gloria en tan heroica lucha. No conformándose con cuidar solamente a los heridos y abastecer con su trabajo las necesidades de las tropas, muchas de ellas, como las mujeres galas, tomaban parte activa en los combates y estimulaban a los hombres con propia intrepidez y sus exhortaciones patrióticas. (…) Tales eran las hijas de margarita en aquella época de patriótico entusiasmo.[10]

Así mismo, Lila Mago de Chópite (1995) en su publicación El Papel de La Mujer dentro de la Estructura Social Venezolana de Siglo XIX, citando al escritor Cherpak (1985) exalta de manera general el valor y la colaboración de la mujer insular en la proeza independentista, indicando: “En Margarita las mujeres tenían grandes aptitudes para la guerra. Cuando Pablo Murillo intentó invadir la isla según testimonio de un extranjero que viajó a Venezuela, encontró que estas galantes amazonas operaban constantemente los cañones en el batallón que estaba bajo las Órdenes del general Francisco Esteban Gómez; y los estragos que hacían en las filas del enemigo probaban bien su aptitud y su destreza para el manejo de la artillería.”.[11] Omitiéndose la identidad de esas notables milicianas, que operaron esos cañones de manera magistral a la sombra del comando de ese héroe nacional.

No obstante, consolidada la República, la mujer fue compelida a regresar con sumisión a su espacio patriarcal. No tenía derecho a reclamar exigencias ni reconocimientos protagónicos en esos relatos, donde soló el hombre-patriota fue ungido en la cúspide de la victoria. Porqué las mujeres-patriotas sin loas ni consideraciones fueron compelidas a retornar al orden doméstico como matronas criadoras de la prole,  anfitrionas sociales o doncellas aspirantes al estatus de casadas, acorde con el régimen de la herencia patriarcal española, a cuyo extranjero habían combatido cuando sus compañeros de causas y la Patria se los requirió para alcanzar la República, pero en cuyo derechos de ese nuevo orden continuaban negadas a pesar de haber compartido con ese compañero de vida y objetivos los sacrificios exigidos en esos devenires.

Por lo tanto, en esta tarea, se reclama verificar la realidad histórica en los tiempos abordados, donde las mujeres participantes en esas epopeyas sean reconocidas en La independencia en femenino como “Mujeres Trascendentales de Las Islas de La Costa de Las Perlas” y colocadas en un merecido sitial de honor sin “Rostros Ocultos.” En consecuencia, la realidad reclama: La necesidad de profundizar en una visión desde la perspectiva de género que nos permita recuperar para la historia a “las grandes olvidadas.[12] Porqué en esos aconteceres, persistentemente LAS MUJERES TIENEN UNA HISORIA QUE CONTAR…

 

[1] BEAUVOIR, Simone de (1949) El Segundo Sexo. -Le Deuxiéme Sexe- Paris, Francia: Editorial Gallimard. P. 27.

[2] QUINTERO MONTIEL, Inés Mercedes (2003) Historia Mínima. Venezuela. Ensayo De la política contingente a la política militante. Caracas: Fondo Editorial de la Fundación de los Trabajadores Petroleros y Petroquímicos de Venezuela FUTRAPET. P. 16.

[4]  SALAZAR FRANCO, José Joaquín (1972)  Matasiete y La Libertad. Tacarigua: Ediciones C.D.C.  P.  12.

 

[5] Ibid. P. 14.

[6] SUBERO, Jesús Manuel (1977) Matasiete Montaña de la Gloria.  Isla de Margarita: Cortesía de Consolidada de Ferris C. A. (CONFERRI) y de la Urbanización “Jorge Coll” Pampatar.  P. 33.

[7] Ibid. P. 66.

[8] YANES, Francisco Javier (2008) Historia de Margarita (1948) Caracas: Ministerio de Educacional Nacional. Fundacional Editorial el perro y la rana. P. 105

[9] Ibid. P. 105.

[10] BLANCO, Eduardo, (1881) Venezuela Heroica. Caracas, Venezuela: Producido por Livres para su distribución libre y gratuita. Disponible: https://livres.org.ve/libros/pdf/Venezuela.pdf. Pp. 223-225.

[11] MAGO de CHÓPITE, Lila (1995) El Papel de la Mujer dentro de la Estructura Social Venezolana del Siglo XIX, Capítulo IX. Contenido en la obra enciclopédica La Mujer en la Historia de América, bajo la dirección de Ana Lucina García Maldonado, Caracas: Congreso de la República de Venezuela, Banco Central de Venezuela Organización de Estados Americanos (OEA) y otros, Editorial Arte, S.A. P. 299.

 

[12] FORNELL FERNÁNDEZ, Francisco Javier.(2012) Heroínas incómodas. La mujer en la independencia de Hispanoamérica. España: Grupo de Investigación “Medievalismo Gaditano”, Universidad de Cádiz. Ediciones Rubeo. Disponible: https://www.academia.edu.

 

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