Juan J. Prieto L.*
Fue un día cualquiera cuando por alguna razón en Arcadia no amaneció, el acostumbrado trino de los pájaros al amanecer se silenciaron. El tierno azul de las horas tempranas en cada amanecer esta vez se tiño de oscuro profundo, intenso. Las voces de las gentes se hicieron silencio, parecía no existir la ciudad, aunque aún, fuese imaginaria. Todo parecía tan real.
Las campanas de la iglesia derrochaban su mudez en perfecta armonía con la nada, lo peor estaba ocurriendo sin que nadie advirtiera lo que acontecía jamás vivido. Una suerte de hipnosis colectiva los tenía atrapados, desconcertados, sin atreverse a abrir las puertas de sus casas, más bien estaban aterrorizados. Así pasaron las horas, días, meses, años.
Otro día cualquiera después de muchísimo tiempo Arcadia fue sorprendida por una intensa luz, los árboles habían crecido una barbaridad y las calles y avenidas estaban repletas de animales salvajes venidos de las montañas. Cuando todos salieron de sus hogares apenas si se reconocían, los niños ya eran unos adolescentes, los nacidos en ese cautiverio espontáneo pero duradero carecían de color en su piel, sus cuerpos eran surcados por una maraña de hilos rojos, era el mapa de su sangre.
*Periodista

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