Mirimarit Paradas

“Es la paz de las manos,
El vientre celeste de algún libro”
La narración de las edades (fragmento)
Ernesto Román Orozco.
La poesía siempre ha sido ese camino insondable, abridora de puertas, de semblanzas e historias que nos ilustran la vida y nos llevan de las manos por horizontes abiertos… donde las ideas, las búsquedas, y las interrogantes del poeta, nos dibujan a través de las palabras, la ternura y la fuerza del ser y quehacer poético. Incesante trajinar en la escritura, en eso de atrapar nuevas formas, nuevas luces delineadoras de matices y sombras, enriquecidas con metáforas e imágenes que le convierten en templo, en sagrado oráculo donde la llama encendida, nos trastoca, nos despierta las fibras, hasta convertirnos en cómplices, en ríos interminables donde las vivencias se hacen una y el yo poético, transfigura la presencia de lo mágico.

Eli Caicedo Pinto: Poeta, escritor, ensayista e investigador (San Juan de Colón, estado Táchira). Promotor cultural de larga transcendencia, estudioso de las tradiciones y costumbres de su región. Nos lleva de la mano precisamente por ese entorno de sombras, de aleteos, por ese inusitado canto de chicharras en una calurosa tarde de verano… elementos que ilustran la imagen sensorial y sensual que marca, dejando un designio palpitante desgranando el alma, un ventanal de luz grabado entre las ramas de los árboles, entrecruzadas manos esparciendo vivencias: “Un pájaro dormido/vuela y cruza/sobre la sombra de esa hora/y no sé si lee/en medio de su vuelo/el temblor de unos labios/masticando aquella palabra/suspendida en la memoria”. Y es que entonces, la palabra es la clave, la fuerza y el ventanal entreabierto para dejar al descubierto la pureza vital del sentimiento.
Eli Caicedo, cursa estudios universitarios en la Universidad de Los Andes (U.L.A), a finales de 1978 y ejerce la docencia desde 1986, en las áreas de Lingüística, Gramática y Morfosintaxis.
Su poesía es un libro abierto marcando la huella de la historia, del devenir del tiempo y la vivencia: ”De esa hora/conservo las paredes/sin la casa y sin los árboles/que sostienen tu memoria” y es que sus versos tienen la fuerza de una voz, que no es su voz, es la voz del poema, ese péndulo capaz de tejer y destejer, hasta hilvanar el texto, puro, cristalino, efervescente, germinado y madurado en su lenguaje, en ese estilo que da forma y caracteriza su verbo.
En su poema la lluvia, dedicada a su querida poeta y amiga: Mariana Ruiz Oviedo, se pone de manifiesto una vez más la mágica presencia de la lluvia, ilustrando la fuerza y vitalidad del poeta, sus metáforas, sus imágenes olfativas, visuales y cromáticas que nos conducen por sus paisajes deslumbrantes, donde el lenguaje de los pájaros y los árboles engalanan la sonrisa de la vida en todas sus formas. Desnudando la pureza de su estilo, su tejido poético, su dogmática presencia. “A esta hora/de nubes y silencios/la lluvia cae/conjugando los verbos de la tarde (…) el palabreo de los árboles/y en las aristas de sus labios/se enreda/la última sombra del aleteo de los pájaros”.
Incendio, escarcha, sombra, rocío, sonidos son palabras que ilustran la voz del poeta, el eco incrustado entre los versos… donde las imágenes se mezclan con el símbolo, la fuerza y esencia de sus metáforas, convertida en aleteo de mariposas, en ese ritmo enmarañado, en esa musicalidad sublime de la esencia y la imagen, en ese paisaje diamantino del poema.
“El sonido de la palabra/tirita entumecido/entre las grietas del cajón de los silencios/Y el rastro perdido de su voz/se esconde detrás/de la sonrisa fantasmal de la neblina”. Versos que nos hablan de la quietud del poeta, descubridor del instante, de esa imagen que no es otra que, el de la sencillez en su trabajo, esa página honesta que nos habla del promotor, del profesor, del poeta, del amigo, del formador de nuevas generaciones que se inician en este camino largo y complejo de la investigación y la escritura. Actualmente coordinador de los talleres de la Escuela Nacional de Poesía “Juan calzadilla” en el estado Táchira.
Hasta la próxima… les dejo con las palabras de Carlos Contramaestre: “El amor es un problema de cielo y tierra, espacio de carne imaginativa”.

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