Juan J. Prieto L.

Ramiro cruzó la línea imaginaria que dibujaba la hilera de boyas rojas como señal de peligro. La muchedumbre chapoteaba en el oleaje tenue con el agua a la cintura. Inadvertido Ramiro hacía alarde para sí de sus condiciones físicas, su extraordinaria actuación como campeón local de ciclismo hacia juego con la agilidad en las brazadas cuando de nadar se trataba. Él había nacido a pocas cuadras del litoral varguense, el Departamento Vargas, corría el año 1959.
Eran los días finales del mes de julio, significaba que ya muchos muchachos colmaban la costa en busca de diversión. Ramiro tomaba una franja de unos cien metros para ejercitarse sin tropezar con otros bañistas, así cuando no entrenaba en la costanera lo hacía en las cálidas aguas provenientes del abierto Caribe.
Luego de una sesión de nado sintió un pinchazo en su brazo izquierda cuando levantó el brazo faltaba su mano, mientras veía con asombro la inesperada amputación notó que una sombra se deslizaba sigilosa casi a flor de agua. Cuando el dolor alcanzó el umbral gritó con todas sus fuerzas buscando ser escuchado, pero el bramido eufórico de la multitud no brindaba alternativa a la dolorosa súplica. Pronto sintió otro pinchazo, esta vez en el brazo derecho, de igual manera lo levantó y faltaba su mano. El llanto se hizo más desesperado, pero inaudible por algún salvavidas. Decidió entonces colocarse de espaldas y ayudarse con batir de sus piernas dejando una estela sangrosa delante de sí. Cuando fue avistado el socorro se convirtió en tal alboroto que la playa quedó íngrima en pocos minutos.
No lejos del lugar estaba Quintín Longa, pescador de siete mares y conocedor de todas las criaturas marinas que habitan el litoral. Con tan solo una ojeada al muchacho presa del infortunio supo que la desgracia había sido causada por una tintorera, la hembra del tiburón, según contó en la ranchería de Félix Marín, pescador de Boca del Río que hacía pausa en esa orilla en su viaje a Los Roques. Inmediatamente sugirió a las autoridades prohibir bañarse allí por lo menos veinticuatro horas mientras él se encargaba de ajustar cuentas con el escualo. Se tomaron las medidas de rigor, entre tanto Quintín reunía su guaica, arpón y garapiño.
A las cinco de la mañana el vengador de Ramiro comenzó la cacería en su esmirriado bote. Las hojas de los remos entraban salían cautelosas de las aguas sombrías. Todos los sentidos estaban alerta, mientras las luces se tornaban invisibles ante los rayos del sol que apuraban por el saliente. En la playa un buen número de personas aguardaban impacientes por noticias del solitario trampero marino. Un reguero de sangre de res era el cebo para atraer al monstruo, Quintín ponía en práctica toda su sapiencia de lobo de mar. Pasadas las dos de la tarde y de regreso de la otra punta litoralense observó una mancha gris de unos seis metros que venía a su encuentro, cuando más se acercaba detallaba manchas de tonalidades más oscuras, sin lugar a dudas se trataba de una tintorera, la hembra del tiburón. Recogió los remos y alistó el arpón, se quedó quieto, apenas respirando y cuando la inmensa mole pasó a un costado del bote lo acribilló con el afilado arpón una y otra vez con incansable rapidez. Ya en la orilla abrieron su vientre, allí estaban las manos de Ramiro.

*Periodista

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *