Manuel Avila

Con unos políticos de baja popularidad pretende el gobierno legitimar unas elecciones presidenciales del 2024 que forman parte de la mascarada electoral venezolana. Esos candidatos son simples colaboradores del régimen que se prestan a una dramatización de una contienda electoral que se deslegitima automáticamente con rivales de poca monta y sin conexión con la gente.
Esa estrategia oficialista solo busca mermar el voto opositor, pero no cala en el pueblo venezolano que conoce la estrategia de mala calidad de un régimen que busca en figurines sin calificación la justificación de su baja popularidad.
La tesis de los candidatos múltiples fabricados por el propio chavismo no conducen a nada porque son parte de esa fiesta de disfraces que se presentan en cada contienda electoral solo con la idea de dispersar el voto opositor. Con esos candidatos que se negaron a participar en las primarias por llevar el hilo conductor de Miraflores no es posible justificar la transparencia de una contienda electoral porque los alacranes abundan en una sociedad política contaminada de aliados del gobierno.
Con esa oposición leal al chavismo pretende el gobierno legitimar una contienda electoral que sin la líder opositora María Corina Machado es una sopa de pescado sin ají criollo y que no tiene sabor. Esa pretensión de justificar ante la comunidad internacional no tiene fortaleza porque los candidatos de los partidos judicializados como AD, Copei, VP y PJ son parte de ese combo de colaboradores del gobierno como Luis Eduardo Martínez, Leocenis García Juan Carlos Alvarado, Javier Bertuchi, Luis Rati, José Brito, Benjamín Rausseo, Antonio Ecarri, Daniel Ceballos, Sair Contreras y otros candidatos anónimos que forman parte de esa fiesta de máscaras que se presenta en Venezuela como una comedia teatral de mala calidad.
Ese libreto repetido ya lo conocen los venezolanos porque es parte de la estrategia del régimen para mantenerse en el poder. No tienen contundencia los candidatos elegidos por Miraflores porque ninguno tiene conexión con la gente y la sumatoria de sus partidos no llega al 1%.
Esa traición al elector venezolano tiene a partidos como AD, Copei, VP y PJ mal vistos por una sociedad venezolana que ha seguido de cerca los esfuerzos por fortalecer la candidatura de Nicolás Maduro de Luis Ratti, de José Brito, de Juan Carlos Alvarado, de Bernabé Gutiérrez, de Javier Bertucchi, de Benjamín Rausseo, Leocenis García y Antonio Ecarri.
Por eso legitimar un proceso electoral con colaboracionistas sin popularidad es una pelea con sombras porque esos candidatos sin credibilidad y sus partidos son parte de las osamentas que abundan en la derruida política venezolana. Esa maña estrategia ha perdido terreno en el mundo porque todos los países saben la realidad de un pueblo venezolano que quiere ir a un proceso electoral transparente y libre y consigue en la ruta planteada por el gobierno un obstáculo insalvable para la oposición venezolana.
No es con esos bates con quien debe medirse Nicolás Maduro sino con la candidata elegida en primarias por 3 millones de venezolanos que le dieron la casaca a María Corina Machado para enfrentar al candidato del gobierno en unas elecciones libres. Por esa falta de conexión con el pueblo es por lo que el régimen huye de una contienda electoral legítima, pues es evidente que la popularidad del gobierno entró en su peor momento.
Tratar de medirse con figuras difuminadas que no superan algunos el 0,10% del voto popular es parte de esta fiesta de máscaras que aleja al país de la ruta electoral. Si esa fue una de las propuestas más importantes del Presidente Chávez cuando le sobraba popularidad y pedía a gritos cualquier rival para derrotarlo en la arena política, no se entiende como ahora el candidato del oficialismo huye de la contienda para luchar con unos enanos sin fuerzas para legitimar un proceso al cual la comunidad internacional no valida.
Ese cuento solo se lo cree el gobierno y sus colaboradores porque la gente ahora ve de cerca la tragedia de un gobierno acobardado que no es capaz de mantener viva la llama de la popularidad que ostentó Chávez mientras estuvo en el poder. No es con candidatos mediocres como se le justifica a los venezolanos la fortaleza del candidato del gobierno, sino con unas elecciones transparentes que le prueben al mundo la supuesta fortaleza electoral de un gobierno que definitivamente perdió la sintonía con la gente.
En esta fiesta de máscaras ven muriendo de a poquito partidos con tanta historia como Acción Democrática que llegó a ser una de las organizaciones políticas de mayor fortaleza en Latinoamérica y ahora es solo un partido arrodillado a los pies del régimen y ni se diga de Copei otra organización con historia y hoy es parta de la mascarada nacional de colaboracionistas del régimen. De los otros participantes no vale la pena opinar porque de Bertucci, Ecarri, Rausseo, Rattin y José Brito no merecen un solo sustantivo porque son comediantes de segunda en una comedia de mala categoría. Por supuesto que el gobierno hace su trabajo político y su estrategia lleva rumbo definido en preservar el poder como sea y están en su derecho de mover sus piezas para justificar su paso por la política.
Al final solo vemos una mascarada que no garantiza un acto electoral transparente y libre para un país como Venezuela con tradición electoral y donde los políticos se jactaban en el pasado reciente de hacer muchas elecciones para que el pueblo se manifestara en las urnas. Esto cambió porque la conexión con el pueblo se perdió en medio de una crisis económica y social que no la aguanta nadie.

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