Juan José Prieto Lárez*

Es de una mujer la figura en la playa. La cubre un manto largo, sus bordes rozan suavemente el agua cansada de las olas. Está de pie, inmóvil, mirando nada. La madrugada duerme profunda, en silencio, sola.
Lentamente, emergiendo de una recóndita meditación, la silueta se inclina hundiendo sus manos en la húmeda arena.
Así permanece hasta que la mirada atónita de unos ojos ocultos tras los botes varados en la orilla la avistaron.
Son tres muchachos aprestados para la pesca. Por sus trémulos cuerpos corrió un frío pasmoso helándoles el aliento.
-Ave María purísima, qué es eso. Dijo uno de los tres.
-¿Quién será esa mujer?
La pregunta flotó en el aire por unos instantes.
-No sé. Contestó otro.
-Vamos a persignarnos porsiacaso. Propuso un tercero.
La mujer seguía en cuclillas hurgando lo incierto bajo el polvo marino. La blanquísima imagen esculpía su espacio en el oscuro rostro de la noche.
Poco a poco un suave olor, agradable, inundó el lugar.
Era una fragancia a rosas. Aunque allí no existían. Jamás creció alguna, el sol las mataba pronto.
Los despertó la mañana. El sol esparciendo su luz, despedía la noche. Mostraba efluvios vigorosos, invadiendo con su hechizo aquel pedazo de costa aquietada entre cerros y el eterno mar.
Apoyándose de nuevo en los botes, los temerosos indiscretos escrutaron el entorno, desafiando perplejos un cobijo de rosas sobre la arena que se hacía blanca temprano, sin presagios.
Un perlado infinito consumía a una incauta mariposa que presurosa buscaba refugiarse en la inmensidad.

*Periodista
peyestudio54@gmail.com

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