Juan J. Prieto L.*
En Arcadia se conoció el amor cuando una mujer confesó públicamente que no podía vivir sin su hombre. Allí las parejas lo que hacía era tener muchachos, pero el amor, el amor como lo inexplicable del alma no se conocía.
El instinto carnal prevalecía de tal manera que tanto hombre como mujeres disponían de sus cuerpos para satisfacer un deseo del que decían era una maldición venida quién sabe de dónde. Cuando aquella mujer profirió su vergüenza fue entonces cuando entendieron que sus vidas estaban rotas. Pero no hubo culpas ni arrepentimiento. Una nueva generación comenzó a creer en el amor y sus designios. ¡Ah! En Arcadia se conoció el amor cuando una mujer confesó públicamente que no podía vivir sin su hombre. Allí las parejas lo que hacían era tener muchachos, pero el amor, el amor como lo inexplicable del alma no se conocía.
El instinto carnal prevaleció de tal manera que tanto hombres como mujeres disponían de sus cuerpos para satisfacer un deseo del que decían era una maldición venida quién sabe de dónde. Cuando aquella mujer profirió su vergüenza fue entonces cuando entendieron que sus vidas estaban rotas. Pero no hubo culpas Aunque también aparecieron los celos, las intrigas y la envidia, las actitudes cambiaron dando paso a los pícaros y don juanes.
Arcadia creció en placeres y en gran parte de su imaginaria existencia el amor ocupa muchas páginas que cuentan de una fiebre de amoríos, que aun después de muchos años mantiene su esencia. Los amapuches todavía persisten y seguramente nunca desaparecerán porque es indudable que la tibies de la piel enamorada no es cualquier cosa.
*Periodista

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