Preámbulo: Vertiente, se complace en compartir con ustedes esta semana, toda la fuerza creativa del hacer y quehacer poético de Pedro Ruiz. Un poeta que nos lleva de la mano por parajes y entornos naturales donde la presencia, el canto, la huella y la historia se entrelazan para abrir la mirada del asombro, de una voz que emerge, como fuego sagrado instalado entre las páginas… ese abanico de ideas, de saberes, de acercamientos, en la cotidianidad del hombre en su transitar en los vagones de este ir y venir que llamamos vida.
Pedro Ruiz -Valera, estado Trujillo, 1953- Poeta y cronista. Maestro Honorario de la Universidad Nacional Experimental de Las Artes -UNEARTE-. Director fundador de la Bienal Nacional de Literatura Ramón Palomares (2003) y el Fondo Editorial Arturo Cardozo del estado Trujillo (2001). Ha ejercido el periodismo cultural en diversos diarios y revistas, miembro directivo fundador de la Red Nacional de Escritores de Venezuela y miembro de la Red de Historia, Memoria y Patrimonio del estado Aragua. Forma parte del equipo nacional de la Escuela Nacional de Poesía «Juan Calzadilla».

Es autor de los libros de Poesía: Con el río a la espalda (1985); Estación posible (1995); Campesinos. Antología poética (2009); Ojo de agua (2022), El mismo Río (2023), Con el río a la espalda, Antología Poética (2023). Y en Crónica: La memoria de Aragua, volúmenes I y II (1990-1992), Palo Negro ayer y hoy. Crónicas de su vivir sencillo (1992); La mano que talla. Artesanía y arte popular de Aragua (2000); Otilio Galíndez, un poeta que canta la patria (2006); Ramón Palomares. Habitando el reino (2007); Dos poetas cantan la patria: Ramón Palomares y Otilio Galíndez (2007); Tiempo y tinta. Una lectura de los saberes del pueblo venezolano.( 2016).

Sobre su obra fue publicado el libro Bitácora del río, en torno a la obra poética de Pedro Ruiz. Editorial Acirema (2023) el cual contiene ensayos de 11 escritores.
Está encargado de la compilación y edición del legado inédito del poeta Ramón Palomares, producto de lo cual ya se han publicado dos libros: Crónicas del Aire, Editorial Fundarte (2017), y Antología Poética de Ramón Palomares, Editorial Acirema, (2023).
Integra la Antología Andina, sobre la joven poesía de Los Andes, Julio Miranda, Fundarte, (1988) y la Antología 70 poetas venezolanos en solidaridad con Palestina, Irak y Líbano, coeditada por el MINCI y la Asamblea Nacional, (2006).
Fue el poeta Homenajeado del XVII Festival Mundial de Poesía de Venezuela 2023, y recibió la Condecoración Gral. Antonio Nicolás Briceño, del Gobierno Bolivariano de Trujillo. Asimismo, fue el escritor homenajeado de la FILVEN 2018, Capítulo Trujillo, y nombrado Hijo Ilustre del Municipio Libertador del estado Aragua, por el Concejo Municipal (2023), entre otros reconocimientos.

 

Ojo de agua
( 2022)

Para ponerle fundamento a esta mañana
voy a escribir un verso.
Entonces tendrá alma la casa
que he construido
y cuando pise el corredor, bajo su alero,
sabré que entro en un canto.
La recorreré toda,
voy a sentarme allí en aquel lugar
donde tallé un banco para asir una flor.
La flor aquella que guardé en mi niñez,
la que aparece siempre que rayo esta hoja
que ahora lees para verme por dentro.

Dile que vuelva
que regrese a casa antes de que en mí,
se oscurezca el corazón y se duerma la Isora.
Aquí no conocemos el rencor ni la venganza
y sólo tememos al que pasó sin saludar
porque va triste.
Abajito de nosotros vive el señor de las flores
y le voy a pedir, cuando amanezca,
que deje aquí , en la puerta, una Violeta.
Sí, aquí lo que abunda es la humildad
y cuando hay dolor cruje la casa.
Dile que vuelva,
que anoche el techo estuvo largamente quejándose

Escribo una canción
para iluminar el día.
En ella va el fervor humano
que me habita
y la plenitud serena de la vida.

Escribo una canción para ti.
Va a amanecer
y hay tantos pájaros
que oigo la alegría de la tierra
sonar adentro como una mandolina.

Escribo una canción
Porque el dolor no va a parir olvidos.
Somos la dignidad de la inocencia,
el acorde que oímos en este amanecer
de nuestras vidas
Vamos juntos a transitar el día.

Lleva una flor encendida
la silenciosa muchacha.
Yo vi en sus ojos la fe,
la inocencia y la ternura.
Vuelvo a casa, canto a solas
y entro con fuerza en el día.
Sé de donde provenimos,
conmigo va la presencia
de Inés, mi madre campesina,
leve como mariposa,
tallada en piedras y ausencias.
No nos van a desalmar,
nos tejió el alma la vida.
Patria se llama la flor
que llevaba la muchacha
en sus ojos, encendida.

Nosotros somos hijos
de la palabra abuela.
Un río que está en la sangre
como un linaje sonoro y tierno.
Padre quiere decir alegría,
fuerza y casa amada.
Si uno mira un pájaro
lo saluda como un traficante
del espacio común.
Dicen amanecer en mi presencia
y mis ojos se van mirando
las pequeñas y dolidas ternuras
de la vieja Inés, mi madre,
que nos crio en un patio
donde una flor amanecía cada hora.
Con ellas conversaba y las bautizaba
con nombres tiernos que guardaba
en el otro jardín de la casa,
su corazón.

Allí está la tinaja sola,
como una abuela huérfana.
Han muerto los nietos de la casa
y de quienes viven nadie sabe.
Los caminos de aquí no devuelven la gente.
Antes, cuando era una algarabía la casa,
llegar hasta la tinaja era una fiesta.
El agua bajaba cantando del zanjón,
por los canales de bambú, y cada quien bebía,
mientras comíamos curruchete,
un dulce que madre hacía.
Por eso me dio dolor volver a la vieja casa
y ver aquella tinaja sola,
como una flor de cementerio.
Ella es un retrato de familia, pensé.
Cuando la vi, escuché la voz
de todos nuestros muertos.

Este camino tiene huellas dolientes.
Tantas veces lo he recorrido
que me duelen los árboles donde escribía
mi nombre y mensajes de amor
cuando era niño.
Me gustaba la corteza del Caracolí
y con la punta de un trozo de Jumangue,
que arrastraba el rio,
escribí mis primeros poemas.
Mi novia vivía del otro lado del río.
Yo era muy feliz porque sabía
que ella conocía mi letra,
le decía que iba a ser poeta.
Un día crecimos ambos.
Me fui a la ciudad a aprender
algo que aún no entiendo,
y ella se dedicó a parir.
Por eso cuando vuelvo y paso
bajo la sombra del viejo Caracolí,
se que allí me aguarda la infancia.
Y me duele la corteza de aquel árbol
que llevo por dentro.

Era bonito nacer en aquel lugar
donde todos éramos inocentes.
Al que se marchaba
lo seguíamos amando sin nombrarlo.
Un día regresaba vestido de alegría
y andaba día y noche
como si fuera domingo.
Cuando se bebía toda aquella alegría
desaparecía,
hasta que nunca más sabíamos de él.
Entonces vivía en los cuentos.

Poblado de cantos parameños
desciende el Motatán.
Cuando esta crecido murmura como un buey.
De niño yo viajaba en él,
volaba sobre la flor del agua.
Después descubrí la desnudez de la mujer amada
en aquellos pozos donde los peces duermen.
Ambos estamos viejos,
pero te sigo oyendo desde mi corazón
de muchacho campesino que aún escribe
y guarda el resplandor sonoro tuyo
Motatán.

A Ramón Palomares

No es verdad que mirar se reduce
a lo que ven los ojos.
Yo conocí a un hombre que cuando
se detenía a mirar, lo hacía hacia adentro.
Veía los siglos, la infancia, los caminos.
Miraba a borbotones, como un río
que engullera el paisaje.
Su mirar se tragaba los pueblos
y luego los reescribía.
Uno sabía, entonces,que detrás de aquellas ruinas
el amor florecía y vive.
«Vengan – decía- que conmigo escucharán
los cantos que me consintieron.
Ya les voy a soltar este pájaro».
Y se echaba a volar él mismo.

A Pepe Barroeta
Quien nace a la orilla de un río
jamás descansa.
Nunca deja de sonar adentro.
Cuando viene crecido, se trae los páramos
y los suelta a pedazos en las vegas.
Siembra la muerte y se queda quieto, inocente.
Quien lleva a cuestas ese río
canta aquellos territorios,
y como el mismo río, tiene crecientes borbollones
y vahos que lo estremecen.
Tengo memoria de un hermano mayor que era poeta,
alguien debe haber compartido con él
su fiereza y su ternura.
Como aquel río que lo atraviesa.

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