Juan J. Prieto L.*

 Siempre jugaba a irse, pero la amaba tanto que la seguí a dónde fuera.

 Fue por la costumbre de tenerla atada a mi causa de vivir por ti, era un contacto que me producía felicidad, pura y sincera, donde sentía que era dichoso, que no me importaba nada más que estar a su lado admirando como era de recíproca conmigo.

Ella era lo más humano que llegó a mí para labrar mi aridez y hacerla fértil, fui esa planta resquebrajada, sin afectos, que gracias a ella reverdecí, aun en las estaciones difíciles, no tengo la menor duda: me salvó.

A pesar de las tormentas y momentos borrascosos, fuimos fuertes, nuestras raíces se afincaron más propósito de amarnos para siempre. Llegamos a ser uno solo, el tronco fuerte de un gran árbol, de un jugoso fruto.

Fuimos más que esa unión simple de tenernos, de acompañarnos, descubrimos una manera de vivir que muy pocos conocen. Nosotros lo logramos por más de sesenta años amándonos. Pero debía llegar el día, ese día que el destino nos tenía señalado para el adiós, ella debió partir antes, por eso en aquel lecho de ambos, yo me aferré a su mano con todas mis fuerzas, o quizás con las pocas que me quedaban, fue cuando la escuché musitar:

“te esperaré igual que siempre, como todos los días viniendo a mí.

Y yo entre la tempestad que me azotaba por dentro y una llovizna inclemente en mis ojos, apenas pude decirle.

-Sí amor, espérame.

-Mi vida quedó a oscuras.

*Periodista

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