Mirimarit Parada

Vertiente. Les trae esta semana, toda la fuerza narrativa de Sor Elena Salazar… escritora, ensayista y profesora universitaria. Conocedora de los vericuetos del teatro y la investigación.
Su narrativa aborda temas vinculados a episodios y leyendas de nuestra insularidad -El Tirano Aguirre – anécdotas e historias de su padre, de los abuelos. Y es que ella disfruta, de los cachos contados por los habitantes del pueblo que habita.

Con su estilo, con ese talento particular y al mismo tiempo impregnado de sapiencia y habilidad en el uso del lenguaje y la connotación de las palabras, nos sorprende con una crónica, que nos habla del exilio obligatorio, no el político y el voluntario, sino el exilio al que nos obligó la llegada de un extranjero que llegó a nuestro país sin invitación alguna, convirtiéndonos en exiliados en nuestra propia casa, y entonces nos sorprenden los espacios, las paredes, el olivo negro en el centro del jardín, obligando a las orquídeas, a retorcerse buscando el poniente, para alegrarnos con sus flores; sorprendiéndonos con el encuentro de García Márquez, Sor Juana Inés de la Cruz, Saramago, entre otros. Una crónica que les llevará de la mano, por las peripecias acontecidas en nuestro país con la llegada del Coronavirus.

Lcda. En Letras, egresada de la UCV (1982), Profesora de Literatura y Lengua Castellana, egresada de la UPEL (1990), MSc. en Literatura Latinoamericana, egresada de la USB (1994) y Doctora en Filología Hispánica de la Universidad de Oviedo, España (2009). Becaria de la OEA y del Gobierno Español (1992) en Madrid para realizar estudios de Literatura Española. También fue becaria del Centro de Estudios Latinoamericanos Rómulo Gallegos (C.E.L.A.R.G), en la Sección de Literatura, desde 1979 hasta 1982. Se ha hecho merecedora de la I Bienal Nueva Esparta, Premio de Ensayo Jesús Manuel Subero, con la obra Notas Para un Análisis de la Revista Actualidades, 1982. Desde 1985 y hasta 1995.Se desempeñó como profesora de Lengua y Comunicación en la Escuela Nacional de Artes Escénicas César Rengifo, en la ciudad de Caracas. Fue miembro del personal docente ordinario en el Colegio Universitario Cecilio Acosta de Los Teques; profesora de Historia del Teatro y Teatro Latinoamericano en el Dpto. de Artes del I.U.P.C; profesora de Lengua y Comunicación en La Universidad Nacional Abierta, Núcleo de Nueva Esparta. Ha participado en congresos, simposios y cursos nacionales e internacionales. Uno de sus cursos sobre la dramaturgia lo realizó en noviembre del 2001 en la Ciudad de Gijón, España, con el Dramaturgo y Director teatral José Sanchis Sinisterra. Profesora titular jubilada de la Universidad de Oriente, Núcleo Nueva Esparta, donde impartió asignaturas como Comprensión y Expresión Lingüística y Literatura Latinoamericana y Venezolana. En ese mismo campus fue jefa del Departamento de Socio-humanidades e investigadora activa por una década del Consejo de Investigaciones. En 1995 fundó la U. E. Nueva Cádiz, donde actualmente trabaja como directivo. Actualmente es Directora General de la Academia de la Historia del Estado Nueva Esparta desde el 29 de abril de 2023.

Entre sus textos publicados se encuentran: Notas para un análisis de la revista Actualidades, Isla de Margarita, Los ojos de la lechuza, 1991; Las Máscaras de lo universal en Gallegos y Ayala Michelena, Caracas, Monte Ávila editores, 2006; Lope de Aguirre, de la crónica a la dramaturgia: presencia en ausencia en Lope de Aguirre, traidor. Ediciones de la Universidad de Oviedo, España, 2012, y José Asunción Hernández Boadas, el último romántico, Ediciones Negro Primero, 2014. Colaboró en el Diccionario biográfico de dramaturgos venezolanos, UCV, 2012. Ha recibido la orden Ciudad de La Asunción, 2017. Finalista en la XXIII Edición del Concurso de Relatos Cortos “Juan Martin Sauras”, con el cuento “La diáspora que cabalga como bestia sin frenos”, España, Teruel, mayo 2017. Actualmente, coordina el proyecto para la elaboración del DiccionarioNos confiesa que tuvo el privilegio de ser alumna del poeta Rafael Cadenas y de María Fernanda Palacios (aunque no escribe poesía), no obstante, sus clases influyeron notablemente en su formación al igual que las clases de Nelson Osorio, Ana Pizarro, Hugo Achugar, Vilma Vargas, Adriano González León y tantos, que no caben en esta lista. Empezó a escribir textos muy cortos, luego descubrió el ensayo literario. Género que le apasiona, pero de tanto realizarlo le aburrió y comenzó a trabajar la narrativa y la crónica. “Cuando tenga más de treinta cuentos los publico”. Le motiva jugar con el lenguaje, la palabra, escribirla y darle forma pero que esa estructura interprete una imagen, un recuerdo, una nostalgia, una vivencia. Le gusta contar historias, que generalmente, no son de ella, sino que las he visto, escuchado, o imaginado en otros seres. Siempre le ha motivado escuchar las conversaciones de las personas, ”me gusta hablar con todo tipo de gente, porque en ellos siempre hayo una historia. Sabes, María Sérico, mi abuela materna me contaba muchas historias. La literatura oral la aprendí de ella, quien entre otras historias, la que más recordé fue la de Lope de Aguirre,” (personaje que sigo estudiando).

“Creo, que ella fue mi primera motivación. Mi papá también me contaba historias, sus historias, su descendencia, sus vivencias”. Cuando descubrió a Cervantes y a García Márquez se enamoró más de la literatura. Realmente, los grandes escritores de la lengua castellana, son los creadores de El Quijote y Cien Años de Soledad.Le gusta la primera hora de la mañana o la noche, para el oficio íntimo de la escritura.” No hay ruido, sólo el canto de los pájaros y el croar de las ranas. Sin embargo, cuando llega la idea o la inspiración también aprovecho para escribir. Me gustaría no trabajar y dedicarle todas las mañanas a la escritura. Soy feliz cuando tengo mañanas libres. Una está más tranquila y despejada y la escritura sale mejor. El tema que más me gusta en estos momentos es el de la diáspora y el feminicidio. Sufro mucho cuando leo a cada rato noticias de cómo nuestros venezolanos y latinoamericanos cruzan la Selva del Darién y todas las penurias que pasan. Y el otro tema mundial, latinoamericano, que está en todas partes es el feminicidio. Son temas que me tocan demasiado. Tengo varios textos sobre estos temas”. Una diáspora que cabalga como bestia sin freno, fue finalista en un concurso de cuentos en Teruel, España, 2017. “Mi satisfacción fue que concursé con 740 cuentos y él fue finalista. Con respecto al feminicidio lo he trabajado básicamente cuando he sido oradora de orden o en alguna crónica. Cuando escribo no sè que va a pasar, puedo escribir sobre esos temas, pero también puedo escribir sobre el viento, sobre las orquídeas, sobre la mala fe de las personas, sobre la injusticia. Hace un mes escribí un cuento sobre un homicidio, uno de los tantos que han existido en Margarita y también tengo uno sobre el robo de los milagros de nuestra Virgencita de El Valle. Son elementos inspiradores y motivadores que están ahí. Por eso aquella famosa frase: » La realidad supera la ficción», atribuida a Oscar Wilde. La literatura está en la calle. La obra literaria es autónoma más no independiente. Siempre se va a depender de un referente. Mis historias de alguna manera reflejan algo de la realidad por supuesto, la literatura te permite re-crear el lenguaje, imaginar, inventar, ficcionalizar. Es diferente a la historia. Con esta hay que ser muy precisa. No se permite inventar ni deducir. Por supuesto, que no siempre eres testigo de los acontecimientos y tienes que ir a la fuente más seria y directa y saber a quién vas a citar. Ahora disfruto más la lectura y la escritura. No escribo por encargo, escribo lo que me gusta, lo que me place. En estos momentos tengo una vorágine de textos iniciados y una investigación que me apasiona: Reunir más de 150 escritores en un libro, es un proyecto que coordino desde la AHENE, y es la elaboración de un Diccionario Enciclopédico de Historiadores y Escritores Neoespartanos (DEHENE). Tú nombre ya está realizado y el de otros. La otra investigación es sobre la fundación de mi pueblo Santa Isabel. De momento, doy gracias a Dios por todos los días que me concede para seguir escribiendo e investigando. Ese es mi oficio: la literatura y la historia. Y esta unión se la debo a tres grandes profesores que tuve en liceo Dr. Francisco Antonio Rísquez: Baudilio Rodríguez Azul, profesor de historia, Ramón Fermín Prieto y Nelly Ferrer de Coronel, profesores de Literatura y castellano. No fue fácil escoger entre una y otra.

Exilio en casa

Había escuchado de niña sobre el exilio político y el exilio voluntario, y ahora, de adulta, vine a saber del exilio obligatorio, motivado por un turista extranjero: el Coronavirus, el cual exige el destierro en casa para estar a salvo.
Me he acostumbrado tanto al exilio en mi casa, que ya no quiero salir de ella, siento que forma parte de mi ser. Cada pared, cada ladrillo, cada ventana y cada mueble de ella son mis compañeros. Ellos me sonríen, me miran. Desde el 17 de marzo de 2020 —cuando el presidente declaró la cuarentena en mi país—, he curioseado, he detallado cada objeto de mi casa y no le había dado la importancia que cada uno de ellos representaba para mí, a excepción de mi jardín. En él, tengo varias orquídeas de distintas especies, que he venido cultivando desde hace dos décadas. En estos últimos veinte días he visto diariamente su crecimiento, me he deleitado con el brote de las Phalaenopsis, de los Dendrobium y de los Oncidium. He disfrutado desde sus pequeños botones hasta la formación de sus flores, la dureza de sus hojas, la nitidez de sus colores y el acercamiento de las plagas. Las he acompañado en su proceso de fotosíntesis, que, por cierto, es una lucha entre ellas y las ramas del gigantesco olivo negro que está sembrado en el centro del jardín, filtrando los rayos solares. La orquídea arquea su rama como una bóveda y se ancla hacia el poniente para lograr su adecuada ubicación. De ahí que sus varas algunas veces luzcan torcidas. Tarde me di cuenta del intruso olivo, y desde entonces he estado podando al frondoso árbol para que las orquídeas puedan obtener su floración.
Ellas no son las únicas que se alimentan del sol, yo también aprovecho ese momento de observación para alimentarme del astro padre, algo muy recomendado en estos días. Este sol caribeño es un sol que no solo quema, sino que además aleja con su ardor cualquier visita maligna.
Definitivamente, el exilio en casa ha sido agradable con el aroma, el colorido y el crecimiento de estas particulares plantas. Igualmente, he descubierto secretos a través de la limpieza estructural que he realizado desde las gavetas de los armarios hasta las amarillas páginas de los libros. Uno de esos días me dio por limpiar y ordenar mi biblioteca, pero cuando me acordé que el polvo podría alterar mis fosas nasales, pensé: “Mejor no continúo removiendo los libros, muy capaz y esta tarea me provoque una reacción que pueda acercar al turista extranjero que viene viajando desde China (Wuhan)”. De pronto, no hice mucho caso al pensamiento y seguí desempolvando los libros.
Por la noche, ya acostada, sentí un goteo, un goteo constante que no me dejaba dormir, porque las gotas habían humedecido toda mi almohada. Me asusté, pensé y empecé a reflexionar: “¿Con quién tuve contacto hoy? Ah, tuve contacto con García Márquez, Saramago, Calderón de la Barca, Homero, Shakespeare, Sor Juan Inés de La Cruz… ¡no, no, no puede ser!, ¡ellos están muertos!, ¿¡o es que se volvieron inmortales!?”.
Seguidamente, enserié mis pensamientos y recordé mi último viaje internacional: llegué de París el 25 de enero; en el aeropuerto había muchísima gente para chequearse, mucha gente tropezó conmigo, su olor europeo impregnaba mi chaqueta, la revisión de la policía antes de abordar el vuelo esa fría mañana en el aeropuerto de París me enloqueció… ni hablar de la nostalgia por la despedida con Mayita.
Por un momento repasé toda mi estancia en ese extranjero aeropuerto; me pregunté una y otra vez: “¿Será que ese Coronavirus se vino conmigo?”, luego me reproché: “¡No, no y no!… ¡descartado!”.
El goteo seguía, y yo persistía en buscar una respuesta. Rápidamente rememoré algo que pudo causar aquel malestar: “Fue el queso de cabra que comí, soy intolerante a los lácteos”, me dije. Como pude, me quedé dormida.
Duré con ese goteo tres días, me miraba en el espejo, y él me decía: “No tienes nada”. Mi alivio era que no tenía más síntomas; me tocaba la garganta, me tomaba la temperatura, y nada raro aparecía. Apliqué en mí la psicología inversa: no pensé más en el goteo. Y, en cuestión de una hora, pues, este desapareció. Al día siguiente continúe limpiando mi biblioteca, quedó ordenada, encontré cartas y fotos, ya amarillas por el tiempo.
Cada día de exilio era distinto, no me aburría, no me sentía presa. Mi casa tiene un porche y ahí me sentaba por las tardes, colocaba mis piernas en un pilar y empezaba a leer. Leía lo que quería, sin presión y sin compromiso. Leía poesía, casi nunca lo hacía, sobre todo porque un profesor de la escuela de Letras me decía: “No leas poesía, lee mejor novelas, ensayos y cuentos”. Yo era apenas una estudiante de segundo semestre, por lo que hice caso a las sugerencias del maestro. Ahora, después de muchos años, entendí porque me lo dijo. Particularmente, me gusta más el teatro y la narrativa. No obstante, la poesía me fascina y su lectura es más exigente, se debe interpretar en cada verso lo que el poeta quiere expresar en imágenes y metáforas, pero, con la narrativa es diferente, la prosa se cuela y te lleva tranquilamente, sin tantas complicaciones.
Sentarme en la puerta de mi casa era un placer, porque apenas me instalaba, los pájaros empezaban a aparecer. Unos cantaban, otros silbaban. Su canto me arrullaba. Los buscaba y no los veía, de pronto miraba hacia los árboles y ahí estaban encaramados en el roble y en el olivo… volaban con las hojas de la cuaresma. Ellos realizaban un coro, y yo creía que estaban pidiendo agua. Pues no. Todo este suceder sin nosotros —los humanos—ocasionó que ellos, sin miedo, se acercaran más al jardín, palparan la humedad de la tierra, olfatearan el néctar de las flores, retomaran su espacio, espacio que antes estaba ocupado por mucha gente.
El exilio en casa me permitió valorar su canto, el olor de las flores, el olor de la tierra, recordar el olor de la infancia. El exilio no es un aislamiento, es un acercamiento a tu yo, a tus cosas. El exilio es la oportunidad de leer lo que quieras, de disfrutar el calor de tu hogar. Con el exilio aprendí que soy más vulnerable de lo que pensaba, que una pandemia puede anularte de un día para otro, y que ella es más fuerte que la cuaresma de mi pueblo.

Sor Elena Salazar

 

6 comentarios

  1. Felicito a la poeta Mirimarit por esta excelente página, por difundir las letras Neoesoartanas, por mantener viva la palabra. Páginas cómo estas son necesarias y son de una una referencia para conocer la literatura y la identidad margariteña. Sor Elena Salazar.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *