Juan J. Prieto L.*

Mi casa es un cuento. Un cuento que vivo todos los días, y todos los días tengo algo para contar, siempre, y no termino jamás.
Desde el primer estrépito de las garúas o ladridos ensordecedores de los perros cuando escuchan los pasos madrugadores al andar chasqueando la acera. Una nueva aventura se desata en el interior de las habitaciones, por ejemplo cuando las sábanas son echadas a un lado anunciando la disposición de incorporarnos para irnos de la cama.
Son apenas las cuatro de la mañana y aun persiste la noche desafiando el sopor que se nos viene por estos días, tan extraños que hasta diciembre fue un mes inconcebible. Mientras se cuela el café acometo la primera atención a nuestros guardianes perrunos para saber cómo están, sé de su incomodidad por el calor pero ahí están, con el rabo danzando aduciendo contentura al verme.
Las raras mañanas cuando cae alguna llovizna salgo al patio y aprecio que las matas tambíen agradecen el frescor, al menos en el patio de mi casa las puedo ver alegres, y uno se contagia de ese optimismo por que de pronto caerá un chaparrón que las hará florecer.
El perfume de la casa es otro con la floración de las orquideas, las ixoras, guayacanes y trinitarias y otras tantas plantas que habitan entre porrones rotos por el tiempo. Cuando se pone más claro se pueden ver los pájaros picoteando los nísperos, y sus trinos alimentan los primeros alborotos del día, por todas estas estampas es que me gusta mi casa, y de verdad es un cuento vivirla todos los días.
*Periodista

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